¿Qué es el neoliberalismo que tanto pregona AMLO?

La palabra neoliberalismo no es nueva, pero se usa cada vez con más cotidianeidad y repetición. Para fines prácticos la Real Academia Española define el neoliberalismo como: Teoría política y económica que tiende a reducir al mínimo la intervención del Estado.

O sea, algo así como que el gobierno intervenga menos en la actividad económica. ¿Tiene sentido porque el mercado es negocios y el gobierno es administración y cumplimiento de leyes, por lo que una cosa no va con la otra? O, ¿no tiene sentido porque el gobierno lo regula todo y de ahí que deba verse inmerso, parar asegurarse de que todo siga su camino miel sobre hojuelas?

Todo es cuestión de perspectiva.



Para darse una mejor idea hay que irse al origen de la palabra. Evidentemente y casi obvio, viene del término ‘liberalismo’, o las ideas que se formaron en el liberalismo clásico. Este concepto surgido por ahí de los siglos XVII y XVIII, pretendía contrarrestar el poder absoluto del Estado, en aquellos casos el de reyes y monarcas. La gente decía que no éstos debían meter su cuchara en asuntos civiles, incluyendo el movimiento en el mercado, la compra-venta, las transacciones, los negocios y demás. ¿Por qué? Porque el hombre debía poder ejercer su individualidad, decían, en cosas relacionadas con la política, la religión o la economía; la vida y sus actividades diarias para entenderlo mejor.



Ahora, el neoliberalismo actual no sólo es un ‘nuevo’ ‘liberalismo’, porque el concepto se ha ido transformando demasiado como para tener un criterio exacto que lo explique.

Así pues, el neoliberalismo propone la liberación de la economía y la reducción de la intervención del Estado. Entonces, claro, menos impuestos y más libertad suena como una propuesta muy bonita, hasta que resulta que para que la economía logre salir a flote, alguien debe que tomar las riendas de mando, y en este caso ese sería el sector privado.

El peligro de este extremo es que las marcas comiencen a manejarlo todo. ¿Qué tal que todas las escuelas fueran patrocinadas por cadenas de comida rápida? ¿Y que todos los eventos deportivos fueran respaldados por marcas de bebidas energizantes, ropa atlética o celulares?



El ejemplo es tal vez un escenario exagerado, pero no dista mucho de la realidad. ¿Cuántos estadios de equipos de futbol, o béisbol, o futbol americano, no se llaman como la empresa o marca que los patrocina, construye o es propietaria? ¿Es más importante quién gana el Super Bowl a qué tanto se vende en comerciales que aparecen durante su transmisión? El aficionado tal vez sólo quiere ver el deporte pero el evento en sí no deja de ser un trampolín de venta e intereses del mercado. Sí, todo suena como una película distópica de Hollywood, pero no dista mucha de la vida actual.



La iniciativa propuesta por los políticos neoliberales puede tener sentido, si el sector privado tiene el dinero para hacer al mundo funcionar, por qué no apoyarlo. Si una marca de fármacos tiene el dinero para buscar curas para enfermedades, si una cadena de tecnología tiene el dinero para contratar y pagar buenos salarios a gente que fabrique sus productos, ¿por qué no apoyarlos? Porque como no hay gobierno que intervenga, explican (y contrarrestan) algunos, y que velen por los derechos de los trabajadores, si no hay una regulación de precios, de consumo y de mercado, ¿no es esta una fórmula potencialmente condenada al caos?



Esta es la idea que critican del neoliberalismo, porque, digamos, si todo el que quiera puede hacer y vender tortillas donde quiera y al precio que quiera, nada impide que algún gran conglomerado (a lo mejor ni mexicano) llegue, ponga sus tortillerías en cada esquina y las venda al precio que quiera. Y tal vez la tienda del pequeño empresario venda en su colonia con suficiente éxito, pero la mayoría de la gente terminará yendo a las sucursales de ese monopolio gigante que todo lo puede, porque tendrá, como sector privado, el dinero para poner más sucursales, pagar a sus empleados lo que quiera (buen o mal salario, con prestaciones o sin prestaciones), eventualmente podrá absorber a otros pequeños negocios y hasta terminará por poner (e imponer) el precio que desee por sus productos.



Hay quien no lo ve mal, hay quien no lo ve bien, como todo, evidentemente. Pero el día que todos vayamos a la universidad McDonald’s o Starbucks, dicen, porque al presidente no lo elige ya la gente sino Apple, o Instagram, o Walmart, será el día que sabremos que todo se salió de control (o no).



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